La Niña y La Luna



 


La Niña y la Luna

Todas las noches, Anabella Camila se sube al borde de la cama y mira fijamente hacia arriba. Mira y fija su atención como con casi nada acostumbra a hacerlo. Puede pasar todo el día jugando, saltando, corriendo, siendo feliz, pensando en nada más sino en jugar con sus muñecas, colorear sus cuadernos, jugar con sus amiguitos, comer lo que le gusta y ser feliz.

Todo empezó cierta noche cuando luego de jugar y mientras esperaba su arepita con queso, su vasito de refresco y el conocido “Anabella , cómete todo”. Desde la cocina, Ana escuchaba un sollozo reprimido como aquel que no quiere ser escuchado: Era mami, llorando, triste, mustia y resignada, con un dolor que sólo el tiempo habrá de curar.

-“¿Qué pasa, mami?”

- “Nada, Anabella, nada, hija. Todo está bien”- sonreía Ángela mientras se secaba las lágrimas y esbozaba una sonrisa que no engañaba a la niña. Había silencio cómplice: Anabella sabía que nada estaba bien y pretendía no entender, mientras Ángela aguantaba como podía, llevaba su dolor a cuestas y buscaba que la niña no sintiera la falta.

Todas las noches, Anabella miraba la luna. Hablaba y conversaba con ella. Se sentaba en la cama y sacaba todos sus juguetes mientras un haz de luz iluminaba su rostro. Ángela daba por no entender este juego diario de su única hija, hasta veía como Ana sacaba sus tazas de té y le ofrecía un poco de bebida caliente a la Luna, su nueva amiga. Eran sólo dos las tazas, cuando hacía eso, no jugaba con todas sus muñecas, sólo seguía un ritual sencillo de “preparar” el té, servirlo y compartirlo con su amiga.

Ana parecía una niña tranquila y nada la hacía más feliz que esperar la noche para, mientras esperaba su cena, poder tomar un té con la Luna. Le contaba su día y lo aprendido en la escuela. Ya la mamá parecía más habituada a estos juegos de Anabella Camila. Dentro de ella, la oscuridad no se iba, el dolor ha sido muy intenso y la fuente de sus ojos estaban en constante goteo.

-          “Ana, hija, tu arepita, ven a comer.”

-          “Voy”- “Me esperas aquí. Yo le digo, sí”

Al buscar la arepita de queso como todas las noches, Anita abrazó a mamá.

-          “Mami, no llores más. Todo está bien.  Deja de llorar, todo está bien. Luna me lo dijo”.

Ángela dejó caer el cuchillo sin filo con el que abría la arepa y le ponía mantequilla como a la niña le gustaba.

-          “¿Luna?”

-          “Sí, Luna. Que dejes de llorar porque todo está bien”.

Ángela no pudo evitarlo y dejó caer un par de lágrimas. Desde su pura inocencia, Anabella había tocado el corazón de su mami y sintió el dolor reavivarse, al mirar la Luna, recibió el más bello de los esplendores que entraba por la ventana de la cocina. La vida es esto: Enterrar nuestros dolores, diluirlos con lágrimas y transformarlos en energía para cuidar a los que apenas inician su camino.

Un día, como todas las noches, Ángela hizo la cenita de Anita.

-          "¡Ana, ven a buscar tu arepita!"

Solo el silencio respondió y no fue la respuesta esperada.

-         " ¡Anabella Camila, ven a comer pues!"

 

De nuevo, el silencio contestó con vacío.  Ángela fue el cuarto y encontró la ventana abierta y el brillo de la luna sobre la cama. No había rastros de la niña.

 

-          "¡Anabella, ¿dónde estás?! ¡Gabriel, Anabella no está!"- gritó hacia Gabriel que estaba en el segundo piso de la casa.

 

"¡Anabella! ¡Anabella! ¡Anabella!", y nada pasaba, hasta que al cabo de unos minutos, se escuchan una risa infantil, esa risa que dominaba toda la casa y era la música diaria de la familia, sobretodo de Ángela, su joven madre.

-         " ¡Anabella! ¡Anabella! ¿Dónde estás?"- gritó Ángela.

-         " ¡Aquí, mamá, estoy con Luna!"- replicó Anita.

 

De dónde venía la voz realmente no importa porque, como toda madre sabe, el instinto materno es más fuerte y rápidamente volvió a preguntar:

-          “¿Dónde, hija?”

-          “Arriba con Luna, mamá”

La voz de Ana venía del techo de la casa. Como pudo, Ángela trepó la ventana y subió rápidamente mientras pensaba cómo esa pequeña de tres años pudo haber trepado allí, sentarse cómodamente por lo que vio al subir, una niña sentada junto a una tetera, par de tazas y un azucarero que no puede faltar.

-          “Anabella Camila, ¿por qué me haces esto?”

-          “Mami, es que Luna me pidió que subiera y esperara que tú subieras para que esto sea un té para tres: Luna, mami y yo”.

-          “Ay, Anabella”, dijo Ángela sentándose.

Corría una brisa fría, la verdad es que un buen té caía muy bien. Anita sirvió el té a Ángela y cuando Ángela se disponía a sorber su té, Anita la detuvo. “Espera, mamá, hay que esperar a Luna”.

-          “¿A Luna?”- pregunta Ángela.

-          “Sí, mamá, ya viene”.

-          “Mi amor, ¿por qué te gusta tanto la Luna?”

-          “Es que me recuerda a mi abuelito”.

Ángela palideció y fue como si todas las lágrimas contenidas en todo este tiempo, desde la marcha del abuelo, hubiesen surgido súbitamente. Un sollozo  inaudible quiere salir por la garganta de Ángela. Ella respira y pregunta:

-          “¿A tu abuelito?”, preguntó con voz casi quebrada.

-           “Sí, mamá, no ves que brilla como él, me da calor como él y siempre habla conmigo y toma té conmigo”, dijo inocentemente la niña.

-          “¿De verdad?”

-          “Sí, mira bien, ya viene”.

Y en ese súbito instante, como si hubiese esperado el momento exacto para una entrada triunfal, aparece la Luna, lúcida, plácida y majestuosa e ilumina los rostros de Ana y Ángela.

-          “Cierra los ojos, mami. Vas a sentir al abuelito como lo siento yo”.

Ángela cerró sus ojos y sintió el más cálido abrazo, un abrazo tan familiar, un abrazo tan añorado que las lágrimas se transformaron en sonrisa. Disfrutó cada momento, cada segundo y cada sensación. Fue como transportarse a otra dimensión. Se abrió una puerta en el cielo y logró dar un último abrazo.

Lentamente, abrió sus ojos y Anabella la miraba con aquella sonrisa cómplice de siempre. Se fundieron en un abrazo y, junto a la Luna, aquel fue la ronda de té más maravillosa que jamás habrían compartido.

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